Experiencia sobre la misión a Zongolica, Veracruz

Por: Yael Yaffe Shveid

Él es Diego, un niño alegre y simpático de doce años. Vive en una de las comunidades de Zongolica, Veracruz. Su casa está construida a base de tablas de madera, piso de cemento y techo de lámina. La familia de Diego es de las más afortunadas de la región porque tienen un techo que los protege de la lluvia, también porque su casa está construida cerca de la carretera de Zongolica y no tienen que recorrer horas a pie, entre lodo y tierra, para encontrar tiendas de alimentos y otros servicios básicos.

Diego nació con ceguera y miramos como se desplaza por su casa, tocando las paredes y usando su memoria para encontrar mesas, sillas y el colchón sobre el que duerme. Desde que llegamos nos recibe con chistes y mucha emoción, no llegan visitas muy seguido hasta la puerta de su casa. Tiene un teclado de piano que aprendió a tocar solito y mientras pasan las horas solitarias en casa (ya que su mamá tiene que salir a trabajar) él explora la música y canta alegremente cumbias y otras canciones. Su sueño es ser mariachi, le encanta subirse al escenario comunitario y tocar música para todos.

Somos siete los voluntarios de CADENA que vinimos a esta misión. El grupo es muy variado: dos niños de catorce años que viven su primera experiencia de encontrarse con la realidad afuera de la ciudad, un arquitecto, un fotógrafo, una médica… Somos acompañados por el equipo de Protección Civil de Zongólica, profesionistas apasionados que se entregan a su labor cotidiana con pasión y amor.

Le pedimos a Diego que nos toque una canción en el piano, pero nos explica que lleva tres días en los que no sirve su teclado. Se desliza tocando la pared, busca con su mano dentro de un costal y nos enseña el cable: una de las clavijas está rota. David, el director de Protección Civil y su equipo (gente extraordinaria entre ellos Juan, Joel, “la chiquis”, Jessica y Rafita) a los tres minutos ya visitaron a los vecinos y tienen otra clavija que ponerle, reparan el cable y conectamos el piano.

Diego se sienta con cuidado frente a él. Su emoción es palpable: extrañó la música en estos tres días. Con los ojos cerrados empieza a darle vida a las teclas y nos canta alegremente “Cariñito mío”. Miro a los voluntarios que escuchamos torno suyo y siento la piel erizada de mis brazos y unas lágrimas de conmoción que me humedecen los ojos. Es un ejemplo extraordinario de la forma en que el equipo de Protección Civil se ocupa de sus comunidades: conocen a todos por nombre y apellido, se dedican a protegerlos de peligros pero también comparten con ellos sonrisas, les reparan sus pianos, consiguen los medicamentos que les hacen falta, los ayudan a evacuar cuando hay peligro y también consiguen zapatos para los más pequeños que van descalzos… En CADENA estamos agradecidos por acompañarlos en su labor y poder aportar para que la ayuda que reciban sea aún más grande. 

El personal de Protección Civil tiene que ocuparse de las más de cientocincuenta comunidades de Zongólica: alejadas unas de otras por horas de caminos de terracería, carreteras que se enredan con las montañas, naturaleza hermosa y verde que se extiende hacia los cielos. Caminitos estrechos de lodo colina abajo. Todos los días llueven gotas gruesas de agua que riegan las montañas y alimentan ríos. En ocasiones el agua deslava las montañas y la tierra, a veces se inundan las casitas de lamina y en ocasiones terribles casas enteras son desplazadas colina abajo. 

A donde sea que llegamos durante la misión somos recibidos con sonrisas y palabras cálidas. Acudimos casa por casa para conocer a las familias y extenderles una despensa, colchas, utensilios de cocina y colchones para los que duermen sobre el suelo en tablas de madera. Ellos nos ofrecen tazas de café cosechado en casa, tacos de frijol que preparan para nosotros, plátanos y mandarinas. Nos cuentan sus historias y así le ponemos rostro a las personas que podemos ayudar.

Son tres días de conocer historias, recorrer caminos lodosos (con una que otra resbalada), admirar una naturaleza preciosa y vivir la fuerza comunitaria que mantiene unidas a estas familias. Piden ayuda para su vecino que necesita una consulta médica, nos comentan sobre la adulta mayor que vive sola y no tiene alimentos, nos piden que visitemos a la pequeña que perdió a su familia por el COVID19 y ahora vive sola.

Son tres días en los que conocemos la realidad de muchas familias mexicanas que incluímos en nuestra CADENA de ayuda y que podemos acompañar unos momentos para extenderles una sonrisa y un abrazo humano.

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