Encuentro con África: el campo de refugiados de Kakuma

Después de veinticuatro horas de vuelo llegué a Nairobi y lo primero que sentí fue calor. Me junté con Michalya Schonwald y Dov Bromi, representantes de CADENA Sudáfrica, y juntos fuimos al hotel, donde me tomé una ducha (llevaba sin bañarme dos días) y me quedé dormida. Al siguiente día nos despertamos a las cuatro de la mañana para abordar una avionetita de hélices de las Naciones Unidas hacia el campo de refugiados de Kakuma.

Desde mediados del año pasado CADENA Internacional ha coordinado, con el Museo de Memoria y Tolerancia, la entrega de un importante donativo a este campo de desplazados—sobre todo de Sudán, pero también de Somalia y Burundi—ubicado al norte de Kenia.

Los insumos (5 compresores de oxígeno, un ultrasonido y 95,000 sobres de Plumpin Nuts, un suplemento alimenticio para combatir la desnutrición) estuvieron esperando por meses en la capital del país ya que, por la temporada de lluvia, se habían desmoronado puentes y los caminos no estaban seguros para transitar.  Finalmente, al inicio de este año, el camino se abrió. Y en menos de una semana me tuve que preparar para visitar el campo y dar fé de la entrega.

Nada me había preparado para lo que vi. Yo había trabajado antes con refugiados de Guatemala y Salvador en casas de inmigrantes, pero, como judía, las palabras “campo de refugiado” inevitablemente me traía a la mente imágenes de la Segunda Guerra Mundial. Por eso, cuando aterrizamos en Kakuma y me bajé del avión, tenía miedo de lo que me iba a encontrar.

En primer lugar: no había pista. No había nada. Una oleada de polvo me pegó. Y el calor. 44 grados, al sol.

La “pista” estaba rodeada de alambrado de púas y el segundo que salí del perímetro para buscar a nuestro transporte (una camioneta de ISRAID, nuestro contacto en el campo), un señor viejo con bastón me tomó del brazo y me jaló hacia él, haciendo con la mano libre el gesto universal del hambre. No me había dado tiempo de respirar y ya estaba ahí con el shock de –en este caso en específico— no poder ayudar.

Por fin encontramos el Jeep y atravesamos las casas de adobe con techos de aluminio y los cientos de personas caminando con tinacos en su cabeza para recoger agua.  En las oficinas de ISRAID hablamos sobre lo que había sido la entrega y planeamos el día siguiente.  Esa noche dormimos en unos contenedores de tren, condicionados para ser cuartos para los trabajadores humanitarios.

Con más de 185,000 habitantes –un promedio de 120 a 150 nuevos al día—Kakuma es uno de los campos de refugiados más grandes del mundo. Ubicado en medio de una zona desértica, parece una ciudad; la gran diferencia es que las personas que ahí viven no pueden salir, no tienen nacionalidad.  El nombre lo dice todo: Kakuma, en swahili quiere decir “Ningún lugar”.

Al día siguiente fuimos a un hospital para ver cómo se estaban utilizando los respiradores. El espacio estaba lleno de polvo y la sala de partos, sucia, con un techo de aluminio y piso sin esterilizar. Entramos a un cuarto y vi algo que me impresionó. Ahí, en una incubadora, estaba un recién nacido respirando el oxígeno que una institución a miles de kilómetros había donado. Gracias a ese extra de oxígeno sus pulmones prematuros se podían ventilar: habíamos salvado una vida.

En la entrada del segundo hospital que visitamos se nos acercó una señora llorando y sosteniendo a su hijo en sus manos. Levantó la camisa y vimos que tenía colostomía mal cuidada, por falta de material. Nuestro traductor nos comentó que les habían hecho la cirugía de nacimiento, pero por falta de higiene y de material (bolsa de colostomía) en el campo se tenía que hacer una segunda operación en Nairobi, para asegurar la vida del bebe.

Aquel segundo hospital estaba mejor pero no tenía suficiente personal. En una mesa en la que, por lo general, ponen a un solo bebe prematuro, había tres: por razones de insuficiencia tenían que turnarse el concentrador de oxígeno. Quince minutos. Cada uno. Los doctores me comentaron que no había paquetes de sangre para atender a los pacientes y yo me ofrecí a donar: estaban muy shockeados. La gente que va a dar ayuda humanitaria al campo no dona sangre por miedo a la falta de salubridad o las enfermedades que podría contraer.  Esa tarde jugué un poco de futbol con unos niños de ahí y visité una escuela en donde estaban jugando el juego de la silla.

Estuvimos ahí un total de cuatro días, y el último día fuimos a checar las entregas de los suplementos de Plumpin Nuts (un suplemento que ayudan a que los niños no se mueran de desnutrición). En una bodega me puse a hablar en francés con un refugiado de Burundi que no había hablado el idioma por más de ocho años. Su historia desgarradora de la huida de su país como médico especialista me impresionó; me dijo que quería poner una escuela francesa en el campo—todavía me manda fotos de su casa y su familia por WhatsApp.

Salimos el jueves de regreso a nuestros respectivos países, en largo vuelo de regreso pude por fin adquirir un poco de perspectiva de lo que había vivido. Entendí por qué se decidió realizar ese donativo desde el otro lado del mundo: lo que pasa a 8,098 millas náuticas nos atañe a todos. Me sentí orgullosa de ser parte de la comunidad judía mexicana: lo que hacemos en CADENA tiene un impacto real, aunque no lo veamos en el día a día.

Dra. Joanne Joloy

Directora de Expansión Internacional

CADENA